La suspensión de la incredulidad: pacto entre autor y lector

Il CEO - Team Fabulè - - 5 min

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Con la debida exclusión de los fans del ultrarrealismo, cada vez que un lector abre uno de sus libros favoritos (pero el mismo principio es aplicable también a películas, obras teatrales, cómics, etc.) se sitúa mentalmente en una situación muy específica: deja de lado todo espíritu crítico y acepta voluntariamente creer en algo que sabe perfectamente que no es real. Este mecanismo, según el cual el lector decide conscientemente no cuestionar el “no-realismo” de una historia, se llama suspensión de la incredulidad, gracias al cual aprendemos que un hombre vuela más rápido que una bala, qué se dijeron dos individuos hace siglos, que un zombi cause estragos en una pequeña ciudad, que un superarma logre hacer explotar un planeta entero diez mil años en el futuro, o que un demonio y un ángel se hayan encarnado en dos individuos cualquiera en el Londres de hoy. Los ejemplos son millones.

¿Cuándo nace la suspensión de la incredulidad?

El primero en teorizar este concepto fue el poeta inglés Samuel Taylor Coleridge, en 1817. En su Biographia Literaria, el autor describió la relación entre autor y público como “willing suspension of disbelief”, una suspensión voluntaria de la incredulidad. Para Coleridge, de hecho, el público está dispuesto a creer en elementos imposibles o irreales si el autor les confiere un interés humano y una apariencia de verdad. Una explicación válida aún hoy. Pero, en pocas palabras, ¿qué es la suspensión de la incredulidad? ¿Qué significa?

El pacto tácito entre autor y lector

Simplemente que el público acepta de buen grado las connotaciones “fantásticas” de una historia, siempre y cuando estas parezcan verdaderas en la forma en que se presentan. El lector pone en marcha un mecanismo psicológico por el cual no discute los hechos irreales, siempre que la obra muestre una coherencia interna entre todos los elementos, una verdad emotiva y una narración plausible. En la práctica, se establece un contrato tácito entre autor y lector. Analicemos sus elementos en detalle.

  1. Coherencia interna: el universo interno de la historia tiene reglas propias, que deben ser respetadas. Si leemos una novela sobre vampiros, el lector creerá en los vampiros. Si un vampiro aparece de repente en una novela histórica, sin ninguna explicación, la suspensión de la incredulidad se rompe. El punto no es el realismo, sino la coherencia;
  2. Verdad emotiva: podemos leer sobre un personaje fantástico o un hombre común catapultado a un mundo de fantasía y creerle si reacciona a las situaciones de manera realista y creíble, es decir, si sus emociones resultan auténticas, si sus reacciones psicológicas parecen reales.
  3. Narración plausible: los elementos irreales deben ser medidos y no arbitrarios. El lector puede aceptar un contexto o personajes fantásticos, pero la narración debe ser sólida, creíble, sin acumular excesivamente elementos hiperbólicos.

Los enemigos del pacto

En consecuencia, la suspensión de la incredulidad se rompe cuando el lector percibe una violación de las reglas del relato. Esto puede ocurrir cuando se producen algunos “errores” de escritura:

  1. Incoherencia narrativa: algunos elementos o eventos contradicen abiertamente lo que se había establecido en la historia hasta ese momento (por ejemplo, un cambio psicológico inmotivado de un personaje, un contexto alterado sin razón, etc.);
  2. Deus ex machina: aunque se trata de una figura fundamental en la dramaturgia clásica, el deus ex machina, en la forma de un elemento introducido en el último momento de manera arbitraria, destruye la suspensión de la incredulidad al resolver “rápidamente” un evento o una situación, porque la solución al conflicto dramatúrgico no se percibe como “ganada”;
  3. Lógica emotiva rota: ocurre cuando los personajes de la historia reaccionan a los eventos de manera antinatural e incoherente con respecto a sus características psicológicas. Las violaciones de la física y la química pueden aceptarse, las de la psicología nunca.

La paradoja de lo no real: “no es verdad, pero me lo creo”

La suspensión de la incredulidad propone una reflexión interesante, que de hecho representa una paradoja: funciona precisamente porque no es real, ya que permite aislar conflictos, emociones y dilemas morales de una manera más pura que en la vida cotidiana “normal”. De hecho, su eficacia surge de una distinción conceptual fundamental, la que existe entre realismo y credibilidad. Una novela puede ser completamente irrealista pero, al mismo tiempo, funcionar perfectamente y ser absolutamente creíble. Basta pensar en El Señor de los Anillos o en Alicia en el País de las Maravillas, para proponer un par de ejemplos sencillos. Ambas son obras llenas de elementos o mundos imposibles, y sin embargo los lectores los aceptan con alegría, porque las reglas internas de esos universos narrativos son claras y respetadas.

La magia que conquista al lector

En conclusión, ¿cómo se conquista la atención y el agrado del lector a través de la suspensión de la incredulidad? Siguiendo estos pilares fundamentales:

  1. Establecer las reglas del universo narrativo: el lector debe entender inmediatamente cómo funciona esa realidad específica;
  2. Evitar atajos narrativos: los eventos y acontecimientos que surgen de los conflictos dramatúrgicos deben emerger como consecuencia de las acciones y elecciones de los personajes, no de coincidencias arbitrarias;
  3. Proteger la lógica emotiva: el arco narrativo de los personajes debe tener una lógica clara y ellos deben actuar según motivaciones claras y comprensibles;
  4. Evitar las "explicaciones excesivas": está bien mostrar, pero no hay que justificarlo todo. Si ese universo parece natural para los personajes que lo habitan, para el lector será natural aceptarlo. En resumen, la suspensión de la incredulidad no es un truco de ilusionista, sino una forma de confianza mutua entre autor y lector: el primero promete una historia coherente y emocionalmente auténtica, el segundo acepta entrar en un mundo que no existe. Si la confianza es correspondida y no se defrauda, ocurre la verdadera magia: cada vez que se abre ese libro, el mundo fantástico se vuelve más real que la realidad.

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